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Las conspiraciones y la sopa de ajo

Yo prefiero no creer en las conspiraciones porque, en general, las cosas suelen ser lo que parecen ser. El franquismo, 40 años de mentira permanente, era muy aficionado a inventar enemigos fantasmagóricosEl PSOE se abona a la teoría de la campaña orquestada para afrontar el aluvión de causas judicia

Por Redacción mayo 30, 2026 Fuente: eldiario.es ⏱ 4 min
Las conspiraciones y la sopa de ajo
Yo prefiero no creer en las conspiraciones porque, en general, las cosas suelen ser lo que parecen ser. El franquismo, 40 años de mentira permanente, era muy aficionado a inventar enemigos fantasmagóricosEl PSOE se abona a la teoría de la campaña orquestada para afrontar el aluvión de causas judiciales
Las grandes conspiraciones existen, por supuesto.

En el año 521 antes de nuestra era, un aristócrata persa llamado Darío mató a Esmerdis, hermano y heredero del rey Cambises II y gobernador de las provincias orientales. Darío y sus compinches negaron haber cometido un magnicidio porque, según ellos, Esmerdis no era Esmerdis, sino un mago usurpador llamado Gaumata. El rey Cambises murió mientras combatía a los egipcios y no se enteró del incidente. Acto seguido, Darío se proclamó rey. Cuesta creer que ningún cortesano se tragara la patraña de Darío y el mago suplantador, pero ni el lugar ni la época aconsejaban desmentir al monarca del imperio. Darío gobernó gracias a una conspiración de silencio y pasó el resto de su vida (véase la fabulosa inscripción de Behistún) reafirmando la mentira fundacional de su reinado.

Esas cosas ocurren. Aunque son muy raras.

Yo prefiero no creer en las conspiraciones porque, en general, las cosas suelen ser lo que parecen ser. El franquismo, 40 años de mentira permanente, era muy aficionado a inventar enemigos fantasmagóricos: “la conjura judeo-masónica”, “el contubernio de Múnich”. El régimen nacido con el golpe de Estado de 1936 agotó todos los sinónimos de “conspiración” para disimular sus miserias.

Sí creo, en cambio, en la complejidad de la organización social y en la facilidad con que los individuos mentimos, hacemos chapuzas y cometemos actos asombrosamente deshonestos.

Estos días, a raíz del “caso Zapatero”, estamos descubriendo todo el rato la sopa de ajo. Y pasmándonos ante la asombrosa revelación.

Sí, los policías y los jueces, igual que los militares, suelen ser de derechas. De la misma forma que los profesores de Ciencias Políticas, los sociólogos, los mineros y los sindicalistas suelen ser de izquierdas.

Sí, los abogados suelen tener amigos jueces, y viceversa, y hacen arreglos entre ellos. Sí, hay jueces que prevarican. Sí, los policías ocultan parte de la verdad, o mienten directamente, cuando presentan al instructor y, sobre todo, a la prensa (ay, esa foto de joyas como si fueran 20 toneladas de heroína; ay, aquel falso dinero venezolano de Podemos y aquellas falsas cuentas suizas de Xavier Trías) el resultado de sus investigaciones: una cuestión de éxito o fracaso profesional, supongo. (Reconozco que, por la edad que tengo, nunca he creído a la policía).

Y sí, ninguno de los inquilinos de La Moncloa era rico cuando llegó al poder (quizá con la excepción del breve Leopoldo Calvo-Sotelo), y todos lo fueron (podría matizarse el caso de Mariano Rajoy) en cuanto dejaron la presidencia: un misterio a la vista de todos.

Sorprende un poco que los periodistas, conocedores de las barbaridades que se cometen en el oficio, esperemos de otros profesionales una conducta intachable. Hay porquería en los medios de comunicación como la hay en la policía, en la judicatura y en la política.

He decidido no creer ciegamente nada de lo que se dice sobre José Luis Rodríguez Zapatero (aunque ciertas cosas me parezcan muy sospechosas) hasta que se concluya el sumario y se sustenten las acusaciones. Y seguiré sin creer en conspiraciones, porque no hace falta: los pecados de unos y otros acaban siendo muy obvios.
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