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La venganza de Dios

Asistimos ahora a una guerra en la que participan las tres religiones bíblicas. Una guerra en la que no deja de invocarse a Dios. Una guerra obscena de rasgos anacrónicos: los mensajes de exterminio que se cruzan cristianos, judíos y musulmanes parecen remitirnos a muchos siglos atrás. Pero son de h

Por Redacción abril 11, 2026 Fuente: eldiario.es ⏱ 4 min
La venganza de Dios
Asistimos ahora a una guerra en la que participan las tres religiones bíblicas. Una guerra en la que no deja de invocarse a Dios. Una guerra obscena de rasgos anacrónicos: los mensajes de exterminio que se cruzan cristianos, judíos y musulmanes parecen remitirnos a muchos siglos atrás. Pero son de hoy
La venganza de Dios se publicó en 1991. Su autor, Gilles Kepel, licenciado en árabe y filosofía, doctor en Sociología, miembro del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia, llevaba años estudiando el desarrollo de un nuevo islamismo social y político en los suburbios de París y Lyon.

Mientras trabajaba en el asunto, creyó percibir que en el cristianismo y el judaísmo se desarrollaban fenómenos muy parecidos. Y escribió un libro que entonces parecía exagerado y, con el tiempo, ha resultado profético.

Según Kepel, en los años 60 del siglo pasado culminó el proceso que Max Weber llamó “desencantamiento”, es decir, el arrinconamiento de la religión en el ámbito privado, la desaparición de la “magia” religiosa y la primacía de la laicidad. Pero ya en los años 70 se hizo perceptible una reacción integrista por parte de las tres religiones bíblicas.

Esta reacción se basaba en la interpretación literal de las escrituras sagradas, en el contacto directo entre el creyente y la divinidad (el catolicismo, que tiene a la Iglesia como mediadora, quedó bastante al margen) y en la recuperación de los sentimientos apocalípticos.

En Estados Unidos, la mayor parte de los movimientos evangélicos y pentecostalistas se hicieron furibundamente sionistas: el regreso de los judíos a su tierra era, según las escrituras, una de las condiciones previas para el retorno triunfal de Jesús. Entre los judíos, los éxitos bélicos de Israel se interpretaron como confirmación de que eran, realmente, el pueblo elegido de Dios. Y entre los musulmanes la religión se convirtió en instrumento para la emancipación social y política.

Asistimos ahora a una guerra en la que participan las tres religiones bíblicas. Una guerra en la que no deja de invocarse a Dios. Una guerra obscena de rasgos anacrónicos: los mensajes de exterminio que se cruzan cristianos, judíos y musulmanes parecen remitirnos a muchos siglos atrás. Pero son de hoy.

El secretario de Defensa, o de Guerra, de los Estados Unidos, Pete Hegseth, celebra oficios religiosos en el Pentágono. Pide a sus compatriotas que recen por la victoria “en nombre de Jesucristo” y promete la aniquilación de los “salvajes bárbaros” iraníes. Donald Trump reúne predicadores en el Despacho Oval. Su asesora espiritual, Paula White-Cain (acusada de robar fondos del grupo de rock Journey, del que formaba parte su tercer marido), le compara con Jesús.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, inicia una conferencia de prensa con la declaración de fe del judaísmo: “Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios y Dios es uno”. En una entrevista dice: “La fe late dentro de mí, y el sentido de misión [”shlichut“, el término con que la secta mesiánica de los Lubavitch define a sus misioneros] late dentro de mí”. Su ministro de Justicia, Itamar Ben-Gvir, predica la necesidad de matar a los árabes y considera que escupir a los cristianos es “una costumbre tradicional judía”.

Y qué decir de Irán, el régimen teocrático de los ayatolás chiíes, más execrable incluso que el régimen teocrático suní de Arabia Saudí. Desde el primer ayatolá, Ruhollá Jomeini, el régimen iraní mata en nombre de Dios.

Efectivamente, Dios ha vuelto. Con ánimo de venganza.
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